Sobre locos y medios de comunicación

Hola, mi querido yo de 1985.

Tienes 15 años y estás a punto de meterte en la radio, lo harás a finales de 1986, en octubre… Prepárate porque vas a acabar siendo periodista y adorando tu profesión, pero hay algo de lo que me gustaría hablarte… Vas a vivir muy de cerca la enfermedad mental. Tú mismo vas a tener que recurrir a un psicólogo después de un accidente que vas a sufrir en 2017 (ojo a un conductor en dirección contraria el sábado 18 de marzo a las cinco de la tarde por la A4) y que tan solo te va a dejar un susto en el cuerpo, pero un susto que te va a perseguir y por el que vas a ir a hablar con un profesional.

No te quiero hacer más spoiler de tu vida futura, pero quiero que reflexionemos sobre algo que veo casi cada día en mi trabajo…

No recuerdo en qué momento me di cuenta de que “loco” era un insulto tan absurdo como “maricón” o “gordo”, pero lo es. Y la prensa se empeña, nos empeñamos, en recordarlo cada vez que se produce un crimen. Trabajo en medios de comunicación y siempre caemos en lo mismo cuando se produce un suceso grave tipo asesinato: nos apresuramos a informar sobre los antecedentes psiquiátricos del presunto atacante.

A nadie le importa si una persona tiene un historial médico de problemas estomacales, de lesiones deportivas o de tratamientos contra la obesidad, pero todo el mundo parece querer saber si alguien “está loco”.

¿Te imaginas una noticia que incluyese que “el detenido sufría de tendinitis desde hacía años y el día del crimen no había tomado ibuprofeno” o que “la investigación ha demostrado que el presunto homicida estaba en tratamiento para perder quince kilos”?

Ridículo. Gracioso incluso, ¿verdad?

Pues vamos con un dato que es demoledor y anula cualquier intento de justificar con el tan traído “interés público” de desvelar el registro médico sobre enfermedades mentales: En 2015, un artículo del Dr. Antonio Andrés Pueyo. Director del Master de Psicología Forense y Criminal de IL3-UB, catedrático de Psicología en la Universidad de Barcelona e investigador en predicción y gestión del riesgo del comportamiento violento, recordaba que tan sólo el 5% de los crímenes violentos fueron realizados por personas con algún trastorno mental grave diagnosticado. El cinco por ciento… Dándole la vuelta resulta que los más peligrosos son los “cuerdos”…

Pero aun así, a raíz de los atentados de Barcelona he vuelto a escuchar a compañeros llamar a los asesinos de las Ramblas “locos”. No, ya vale. Dejemos de llamar loco a un terrorista, porque no lo es. Es un malnacido, un canalla, una persona mala, pero no es un loco.

Un loco es una persona que padece una enfermedad y con el que hay que empatizar.

Y los medios tenemos la obligación de llamar a las cosas por su nombre.

Así que, mi querido yo de 1985, tú poco vas a poder hacer desde ese lejano año, pero los que ahora tienen tu edad, si están viendo las noticias, escuchando la radio o leyendo un periódico y hacen esto que acabo de contar, espero que manden un tuit, que protesten en Facebook, que den un toque de atención a ese mal periodista y le recuerden que importa muy poco los antecedentes mentales de esa persona y que no aporta nada a la noticia…

Vosotros que vais a ser el futuro, podéis cambiar las cosas.

Roberto López-Herrero
Periodista

Querida mamá: de ti aprendí

Ahora te puedo decir sin llorar que tus golpes no me hicieron mas fuerte… sólo aprendí a vivir con dolor.
Que tus palabras de desprecio me las creí, y aprendí a ser así.
Aprendí a vivir con tu ausencia… con tu falta de cariño.
Aprendí a creer que el amor era eso.
Y me enamoré de alguien como tú.
Él me amaba igual que tú, mamá…
Pero ya salí, ya estoy bien. ABRÍ LOS OJOS.

Y ahora… , ¿quieres un abrazo, mamá? Ya verás… Merece la pena.

Ana Echegaray

Las palabras que no decimos

Las palabras que no decimos ahogan. Crean una especie de musgo verdusco que nos va invadiendo y crece y crece hasta que es imposible articular palabra. Siempre he creído que hablar hace bien y siempre he hablado con un profesor, un amigo, mi madre, o con alguien que sé que me iba a entender o que me quería lo suficiente para ayudarme. Pero me he dado cuenta de que hablar también sirve para no dejarme nada en el tintero, para poder vivir con la tranquilidad de saber que he dicho a cada persona lo que tenía que decirle a alguien. A veces he dicho un te quiero tan grande como una catedral, pero otras, me he sentado con alguien para solucionar pequeñas cosas pendientes que estaban dentro de mi, agarradas con una espina en mi garganta y que, una vez que las decía me sentía mucho mejor. Incluso he recuperado amistades que, por no hablar, había perdido.

Cuando alguien nos importa, es necesario hablar porque muchas veces, esa gente a quien queremos sufre, siente una impotencia terrible porque quiere ayudarnos y no sabe cómo hacerlo. Cuando hablas, al principio puede costar, pero haciendo el primer esfuerzo, las demás veces va saliendo con más facilidad y, cada vez que lo haces te sientes ligera, mucho más ligera quitándote ese peso de encima. Muchos problemas o sentimientos que creemos enormes, hablándolos, parecen menos graves. Incluso la persona que nos escucha puede ayudarnos a llevar ese peso que nos agobia y hacer que sea más fácil de llevar. Hablar crea complicidad, crea vínculos o crea amistades tremendamente fuertes. Da muchísima tranquilidad saber que tenemos alguien con quien contar.

Yo llevo unos años peleando cada minuto de mi vida por vivir; el cáncer vive muy a gusto en mi cuerpo y tengo que convivir con él e intentar que no me gane cada día la batalla. Es duro y cansa mucho estar cada día como un equilibrista en la cuerda floja, sin saber qué día me fallará el equilibrio y caeré. Es una pesada carga que llevo en mis hombros cada minuto, cada segundo. Es terrible levantarme cada día con la idea de que puede ser el último. Nunca me siento sola porque desafortunadamente, tengo a mi amiga la calavera acompañándome siempre. Por eso, es importante para mí hablar. Porque si no compartiera mis sentimientos o mi carga, muchas veces creo que la batalla habría sido casi imposible de ganar. No quiero irme de este mundo sin decir todo lo que quiero decir. Hablar, es de valientes porque cuando lo haces, estás poniendo tu alma sobre la mesa, tus alegrías , tus dudas y tus miedos más profundos. Yo, las veces que hablo, lo que suelo recibir es un abrazo, de esos que dan calor y te llenan los bolsillos de soles que ,con su calor, te dan energía para seguir adelante. También, las personas con las que hablo, veo que se sienten aliviadas y agradecidas porque están preocupadas por mí y muchas veces no saben cómo ayudarme y eso les crea mucha incertidumbre .

Una vez, alguien me dijo que, guardarse cosas y no hablar, hace que ese musgo verdusco del que os hablaba al principio, puede convertirse en enfermedad y creo que es cierto, sacarse ese musgo en forma de palabras, te deja tranquilo, y vivir tranquilo, es salud.

Estoy convencida de que sois fuertes, sois grandes y sois sabios. Porque todo lo que tenéis que decir, puede enseñar y ayudar mucho a otras personas. Aunque no lo creáis, es así. No os guardéis las palabras, no os ahoguéis. Sois verdaderos héroes y heroínas y tenéis mucho que enseñar. Sólo hace falta, tener la valentía de empezar y yo sé que la tenéis.

Emi Elvira


Imagen sujeta a derechos de la autora.

¿Y quién no?

A veces soy impaciente y me enfado conmigo y con el mundo.

A veces pienso que quisiera morirme y que eso lo solucionaría todo. Y, a la vez, quisiera que todo el mundo comprendiera que es un estado natural en mí y que no es verdad que quiera morirme.

A veces tropiezo en la misma piedra.

A veces me siento culpable.

A veces me siento especialmente brillante y me parece que los demás están empanados y no pueden seguirme. Y entonces siento mucha frustración.

A veces la mente se me acelera mucho y no logro conciliar el sueño.

A veces me siento profundamente triste pero sé que he de tener paciencia, que he salido muchas veces de ahí abajo.

A veces me apetece comprar muchas cosas. Sin parar.

A veces sé que voy a ser incomprendido.

A veces sé que me van a rechazar.

A veces me siento incomprendida, sola, triste, cansada, y tengo ganas de dormir mucho.

A veces quiero a todo el mundo y a veces odio a todo el mundo. Y muchas, muchas veces siento que nadie me quiere.

A veces tengo baja la autoestima y ganas de llorar.

A veces todo me parece mediocre y asqueroso.

A veces me cuesta mucho mantener la calma.

A veces pienso que lo puedo todo y que no me va a parar nadie y a veces pienso que no valgo para nada, que mi vida es un desastre, que todo lo he hecho mal.

A veces vale mucho la pena quedarte con la sensación de que te has comido el mundo a bocados. De que no te has dejado nada, de que no te has perdido nada.

A veces tengo tanto miedo que querría fundirme con la tierra y no aparecer nunca más. Y a veces me siento la persona más valiente del mundo.

A veces tengo pensamientos violentos.

A veces no controlo lo que le digo a la gente y tengo ataques de rabia.

A veces pierdo la paciencia, pierdo los papeles, pierdo la vergüenza, pierdo los principios.

A veces me desinhibo por completo, como si hubiera bebido, pero sin haberlo hecho.

A veces siento mucha rabia, y creo estar loca, y tengo ganas de chillar, de pedir ayuda, de que se pase pronto.

A veces creo que querría ser cualquier persona menos yo. Y otras veces no cambiaría mi vida por la de nadie.

A veces me como la cabeza acerca de lo que pasará después.

¿Y quién no?

 

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Texto elaborado por Eva Roncero, Sergio Saldaña y Cristina García-Aguayo, en colaboración con David Testal, para la realización de la voz en off del vídeo proyectado en el programa ¿Y quién no?