El estigma y el auto-estigma

Autoestigma es el poder que yo cedo al otro para que me importe lo que piense sobre mí; me moleste que me valore, me juzgue, me hable con condescendencia, me ordene o me corrija; permita que me humille, me deje de lado, me acobarde o me dé miedo.

CGA

El estigma asociado a la enfermedad mental sigue siendo, pese a todos nuestros conocimientos y avances como sociedad, una realidad dolorosa y un lastre en muchos sentidos.

Las personas diagnosticadas de enfermedad mental a menudo sienten que su dolencia es algo con lo que pueden lidiar y manejarse bien, una vez han pasado las primeras fases de conocimiento y se han familiarizado con ella. Sin embargo, con lo que no pueden es con la falta de trabajo, de recursos, de status social, de reconocimiento, de respeto como individuos capaces y autónomos. Muchas de ellas no pueden manifestarlo en el trabajo, en su entorno no suele hablarse de ello, y su experiencia con los síntomas se quedan atascados, sin el poder que les otorgaría ser ventilados, fluir en la comunicación interpersonal, abrirse paso para dejar madurar a la persona, tal y como lo haría si en vez de mental su dolencia fuera física.

Por otro lado, la demanda de ayuda se queda minusvalorada durante mucho tiempo, ya que, cuando se manifiestan los síntomas de un malestar emocional o mental, nuestra sociedad, que se ha erigido en la abanderada del bienestar, nos lanza mensajes de ocultación. Se calcula que el tiempo que transcurre entre que una persona comienza a sentir síntomas de malestar emocional o mental hasta que consigue un diagnóstico por parte de un médico alcanza los 10 años de media. Algo inaudito si nos planteáramos lo mismo en otras disciplinas médicas.

Llamamos autoestigma a todos aquellos valores negativos que recogemos de la sociedad y nos aplicamos a nosotros mismos como portadores y que, por tanto, mellan nuestra autoestima: nos hacen parecer menos dignos a ojos de los demás, nos culpabilizan de nuestra dolencia mental y nos frenan a la hora de conseguir objetivos personales y profesionales. Es igual o incluso más dañino que el propio estigma, pues muchas veces la invalidación se produce mucho antes de que el individuo solicite un trabajo, asuma una responsabilidad, o, más ampliamente, tome las riendas de su propia vida.

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